domingo, 14 de diciembre de 2025

LA VERDAD SOBRE LA INQUISICIÓN QUE NADIE TE CONTÓ | Lo que revelaron los Archivos del Vaticano

Todo el mundo presume saber lo que fue la Inquisición o Santo Oficio.
Una máquina de matar, un tribunal diabólico, verdugos vestidos de negro, hogueras, torturas, oscurantismo puro.
Si todos lo saben, pero si a todos esos les preguntas qué fue exactamente, dónde y cuándo funcionó, cuál era su finalidad, ahí se quedan mudos o peor, todavía repiten.
Y no porque sean mala gente sino porque se alimentaron de libros entretenidos, panfletos de librerías populares, plataformas como Netflix, novelas pseudohistóricas.
¿Y la verdad histórica?...la verdad histórica, bien, gracias. Esa brilla por su ausencia.
Ahí no hubo sangre raudales, ni inquisidores sádicos riéndose, ni gritos en salas de tortura. Para todo eso está Netflix, o lo encontrás en Dan Brown y en los panfletos de Felipe Pigna.
Esto es otra cosa. Esto es historia, no espectáculo.
¿Sabías que acá en Argentina, donde yo vivo, casi no hay bibliografía seria sobre la Inquisición?
¿Y que en el mundo académico, donde se llenan la boca hablando de rigor científico, se ignoran o directamente se rechazan las fuentes documentales que contradicen el relato oficial?
Sí, así como lo escuchás, estoy hablando de profesores universitarios que incluso se dicen científicos, pero que miran para otro lado cuando se enfrentan con la evidencia real, con la evidencia empírica de cómo las cosas realmente sucedieron.
Es más cómodo quedarse con mitos y repetir lo que dicen los medios, claro, que revisar actas, estudiar archivos, meterse en simposios reales, como por ejemplo el convocado por el Papa Juan Pablo II en 1998.
Sí, la Iglesia investigó la Inquisición más de una vez oficialmente y con expertos de todo el espectro ideológico.
¿Querés saber por qué el tema sigue siendo un blanco tan fácil? Porque huele a Roma. Y si hay algo que el mundo moderno no soporta es a Roma.
Lo que sorprende no es que odien a la Iglesia, no, eso ya es viejo. Lo que sorprende, lo que sigue sorprendiendo es que el enemigo número uno todavía hoy siga siendo un tribunal del siglo XV.
Así que si estás cansado de la historia edulcorada, de la historia manipulada, de la historia deformada y querés saber exactamente qué fue la Inquisición, esta entrada puede servirte.
Mirá lo que dijo al respecto Leo Moulin, un historiador francés, ateo y exmasón, es decir, no precisamente un amigo de la Iglesia Católica.
Él dice, "Haced caso a este viejo incrédulo que sabe lo que se dice. La obra maestra de la propaganda anticristiana es haber logrado crear en los cristianos, sobre todo en los católicos, una mala conciencia, infundiéndoles la inquietud, cuando no la vergüenza por su propia historia. A fuerza de insistir, desde la reforma hasta nuestros días, han conseguido convenceros de que sois los responsables de todos o casi todos los males del mundo. Os han paralizado en la autocrítica masoquista para neutralizar la crítica de lo que ha ocupado vuestro lugar. Feministas, homosexuales, tercermundialistas y tercermundistas, pacifistas, representantes de todas las minorías, contestatarios y descontentos de cualquier ralea, científicos, humanistas, filósofos, ecologistas, defensores de los animales, moralistas, laicos, habéis permitido que todos os pasaran cuentas a menudo falseadas, casi sin discutir. No ha habido problema, error o sufrimiento histórico que no se os haya imputado y vosotros, casi siempre ignorantes de vuestro pasado, habéis acabado por creerlo hasta el punto de respaldarlos. En cambio, yo, agnóstico, pero también un historiador que trata de ser objetivo, os digo que debéis reaccionar en nombre de la verdad. De hecho, a menudo no es cierto, pero si en algún caso lo es, también es cierto que tras un balance de 20 siglos de cristianismo, las luces prevalecen ampliamente sobre las tinieblas"
¿Leíste eso? No lo dijo un papa, no lo dijo un cura, no lo dijo un apologista católico, lo dijo un historiador francés, ateo y exmasón. Y sin embargo, el hombre entendió algo que muchos católicos hoy no se animan ni a susurrar, que nos han lavado el cerebro, nos llenaron de culpa, nos repitieron mil veces que fuimos los malos, los opresores, los asesinos, los quemadores de brujas, los enemigos de progreso.
Y como no conocimos nuestra historia porque nos la ocultaron o nos la contaron mal, no la creímos, nos entregamos sin pelea y hoy somos una Iglesia acomplejada que pide perdón hasta por existir.
Pero acá no vinimos a seguir repitiendo esa cantinela. Vinimos a hacer justicia con la verdad; no a negar errores, no a inventar leyendas blancas. Ah, pero sí vamos a mostrar que las luces de la Iglesia Católica superan y por mucho a sus sombras.
Y la Inquisición, ese monstruo mítico que muchos usan como comodín anticatólico, va a ser el primer caso que pongamos bajo la lupa.
Si estás listo para dejar de pedir disculpas por una historia que no conocés, seguí leyendo.
El Papa Juan Pablo II pidió perdón por la Inquisición.
La escuchás en clases, en redes, en comentarios de católicos bien intencionados e incluso en predicaciones. Pero si vamos a los hechos, lo que encontramos es algo muy distinto a lo que nos vendieron.
En el año 1994 Juan Pablo II, preparándose para el gran jubileo del año 2000, propuso un examen de conciencia a fin del milenio inspirado en el Concilio Vaticano II.
El objetivo, reconocer errores reales cuando los hubiera cometidos por los hijos de la Iglesia a lo largo de 10 siglos. Ojo con esto. No se trataba de condenar instituciones históricas ni de hacer revisionismo ideológico. Se trataba de reconocer en nombre de la verdad los abusos personales cometidos por cristianos concretos y no de reescribir la historia católica como una sucesión de crímenes. Pero obviamente, cuando el Papa dice algo de este tipo los medios hicieron lo suyo. Titulares como "El Papa pide perdón por la brutalidad de la Inquisición", "El Vaticano reconoce sus crímenes" "Juan Pablo II se disculpa por siglos de intolerancia"
Todo esto, falso o manipulado, no es eso lo que estaba haciendo. No es eso lo que dijo. En realidad, el Papa nunca pidió perdón por la Inquisición como institución. Pidió perdón por abusos puntuales cometidos por personas concretas y en muchos casos ya reconocidos y castigados en su propia época.
Pedimos perdón por las divisiones entre cristianos. por el uso de la violencia por algunos cristianos en el servicio de la verdad y por el comportamiento de desconfianza y hostilidad usado a veces hacia los seguidores de otras religiones.
Eso no es una retractación, eso es precisión histórica y honestidad cristiana. Y la intención del Papa era clara: investigar primero, juzgar después.
Por eso convocó el simposio internacional sobre la Inquisición en el año 1998. Quería saber exactamente qué había pasado con evidencia documental y no con relatos manipulados.
La petición de perdón exige conocer con rigor científico los hechos tal y como fueron. Y esto lo decía también el cardenal Joseph Ratzinger años antes de ser papa. Hace muy poco, un profesor italiano liberal estuvo investigando algunos cuántos procesos en los archivos de la Inquisición durante algún tiempo y él mismo declaró que le había defraudado bastante. En vez de encontrar grandes luchas entre la conciencia y el poder, que era lo que él buscaba, lo que allí había eran procesos criminales ordinarios, muy detallados, muy técnicos.
Eso se debe a que el Tribunal de la Inquisición Romana era bastante moderado.
Los mismos procesados por algún delito civil añadían cualquier factor religioso como brujería, profecía, etcétera, a su delito, para que les enviaran ante el Tribunal de la Inquisición. Pues en los tiempos contemporáneos a la Inquisición fue Vox Populi la honestidad de sus funcionarios y de los procesos, pero por sobre todo las buenas condiciones de sus cárceles y el trato que en ellas se dispensaba a los reos. Sí, aunque te suene increíble la Inquisición fue en muchos casos más humana y benévola que los tribunales del Estado.
Y no lo dice un cura de sotana, lo dice un profesor liberal que fue en búsqueda de barbaridades y volvió con aburridas actas judiciales.
Y Benedicto XVI lo advirtió claramente en el año 2008. Los medios no solo difunden ideas, a veces crean los acontecimientos mismos.
Un comunicador puede intentar informar, educar, entretener, pero el valor final de cualquier comunicación reside en su veracidad. Y con esto tocamos el corazón del problema. Los medios crearon la imagen de que la Iglesia católica se había confesado culpable de toda barbarie inventada por los enemigos de Roma.
Eso claramente no fue así. Y muchos católicos ignorando su historia se la creyeron. Y hablando de mitos, vamos con el clásico "La iglesia quemó miles de brujas en la Edad Media"
Falso, absolutamente falso.
La gran caza de brujas no fue obra de la Iglesia Católica sino de los protestantes. ¿Sabías que en los tribunales inquisitoriales las acusaciones de brujería eran las más descartadas?
En España, por ejemplo, en más de 125,000 causas registradas, menos del 1% están relacionadas con brujería.
Y en la mayoría de los casos los acusados fueron absueltos. El Papa nunca pidió perdón por la quema de brujas, porque la Iglesia no fue responsable de esa persecución. ¿Y sabes quiénes sí deberían revisar ese capítulo? Los reformadores protestantes. Es verdad, le guste a quien le guste. Que desataron cacerías masivas, especialmente en Alemania y en Suiza.
Ahora bien, Juan Pablo II sabía que su gesto podía ser mal interpretado.
Se lo advirtieron, pero él prefirió hablar con la verdad. Lo que no podemos permitirnos los católicos es seguir comiéndonos el relato.
La Inquisición no fue perfecta, por favor, pero tampoco fue lo que te contaron.
Y el Papa Juan Pablo II no pidió perdón por la Inquisición como tribunal porque no correspondía. Este es el tipo de revisionismo que debe hacerse, no para negar errores; estos no deben negarse, pero sí debemos dejar de tragarnos las mentiras que nos han estado vendiendo por siglos.
Dijimos que Juan Pablo II nunca pidió perdón por la Inquisición como institución, sino por algunos abusos concretos. Pero hay algo más.
Hizo algo que ninguna otra institución ha hecho jamás: puso toda su historia en manos de expertos y les dijo: "Investiguen todo, absolutamente todo"
Entre el 29 y el 31 de octubre de 1998 tuvo lugar en Roma el simposio internacional sobre la Inquisición, convocado por el Papa e impulsado por la Comisión Teológica Internacional y el Comité para el gran jubileo del año 2000.
Dijo el Papa Juan Pablo II que "antes de pedir perdón es necesario conocer exactamente los hechos" y agrega en qué medida la imagen actual de la Inquisición es fiel a la realidad. Y esa es la pregunta clave, porque la imagen que vos tenés sobre la Inquisición no viene de documentos históricos en la mayoría de los casos, sino de novelas, de series, de panfletos protestantes en su gran mayoría.
El Papa lo dijo claramente, la Iglesia no teme someter su pasado al juicio de los historiadores y la comisión fue tajante. La Iglesia confía en la paciente y honesta reconstrucción científica, libre de prejuicios confesionales o ideológicos.
Hubo más de 50 expertos internacionales de distintos credos y posturas ideológicas, hablando de transparencia, que tuvieron acceso completo a los archivos del Vaticano, sin condicionamientos y sin censura. Y el trabajo fue publicado en 2004 en un tomo de casi 1000 páginas titulado "La Inquisición", coordinado por Agostino Borromeo.
Eso no lo hace nadie. La Iglesia no solo se animó a abrir sus archivos sino que lo hizo por tercera vez.
Ya los había abierto en 1840 y en 1881. Como dijo el Papa Pablo VI, debemos aceptar las críticas con humildad, reflexión y hasta con reconocimiento. Pero a las acusaciones infundadas respondemos siempre con dignidad, sin polémica.
¿Y qué se buscaba? Separar la verdad histórica del mito propagandístico.
Como dijo la comisión, el protestantismo ha creado una nueva historiografía de la iglesia con el objetivo de demostrar no solo que está manchada por el pecado, sino que está totalmente corrompida. Esto lo dijo el cardenal Ratzinger el 7 de marzo del año 2000 en ocasión de la presentación en la sala de prensa de la Santa Sede. Ahora, el objetivo acá era claro, purificar la memoria, no para autoflagelarse, sino para sanar desde la verdad. Como dijo el cardenal Cotier en una entrevista con Senit en 1998, no podemos pedir perdón por pecados inventados. La historia de la Inquisición no es la historia de la Iglesia. La Iglesia es santa, produce frutos de santidad y si bien la Inquisición tuvo defectos, no representa el camino de la Iglesia y agrega algo fundamental que toda persona con sentido común debería tener presente. Hoy se condenan los métodos de la Inquisición, pero se aplauden el aborto y la eutanasia. No hay progreso moral automático. Se avanza en un campo y se retrocede en otro. Tenemos que pedir perdón por algunos pecados cometidos en la historia. Pero se corre el riesgo de pedir perdón por hechos que nunca existieron. Sí, lo dijo un cardenal, hechos que nunca existieron y sin embargo siguen repitiéndose como dogma en los medios, en universidades y hasta en libros de historia. cristiana. La Inquisición combatió un mal real, la herejía que amenazaba la fe y destruía la unidad de la Iglesia y la sociedad.
Luchar contra ideas peligrosas sigue siendo una necesidad. Hoy la Iglesia no le tiene miedo a su historia. Los que deberían tener miedo son los que repiten clichés sin haber leído ni una fuente primaria.
El simposio de 1998 fue un acto de lealtad con la verdad. Y lo que dejó al descubierto fue que la Inquisición no ha sido el monstruo medieval que la propaganda moderna necesitaba para atacar a la Iglesia.
La historia no necesita más verdugos, necesita testigos.
En 1995, en la encíclica Etunum Sint, Juan Pablo II escribió: "En el grado en que somos responsables, imploro perdón"
Y aquí está el punto, en el grado en que somos responsables. ¿Y cuál era ese grado? ¿Qué tanto hay de verdad en las leyendas negras que repiten incluso muchos católicos sin saber? Para responder eso se convocó el simposio internacional sobre la Inquisición que hemos ya mencionado. Como dijimos, los resultados de esa investigación monumental se publicaron en un volumen de casi 1000 páginas coordinado por Agostino Borromeo, un historiador de la Universidad La Sapienza.
Y el volumen se titula simplemente "La Inquisición"
Y lo que encontraron destruye de raíz toda la propaganda anticatólica que llevamos escuchando por siglos.
Veamos lo que dice Borromeo en la presentación de los resultados de sus estudios.
De los 44,674 juicios entre 1540 y 1700, solo el 1.8% fue condenado a muerte. Y de ese total, apenas el 0.1 1% fue efectivamente ejecutado.
Traducción en números: 44,674 juicios, 1.8% condenados a muerte, es decir, aproximadamente 804 personas, de las cuales 0.1% fueron ejecutados. 
25 personas en 160 años y a eso llaman genocidio, barbarie, terror inquisitorial.
En Estados Unidos, desde 1976 hasta principios del 2025 se han ejecutado aproximadamente 16 personas, pero la Inquisición fue sangrienta y genocida porque en casi 45,000 casos judiciales en los que intervino, 25 fueron condenados como herejes y entregados al poder civil que terminó ejecutándolos. Porque que quede bien claro: la Inquisición no ejecutaba, lo hacía el poder civil.
25 en 160 años. Pero los Estados Unidos no son genocidas por registrar 16 condenados, ejecutados en menos de 50 años, ¿no es cierto?
Veamos los números desglosados, por ejemplo, en casos de brujería. Sí. Gente acusada por brujería o hechicería. 
En España, el país donde la Inquisición estuvo más activa, de 125,000 acusaciones por brujería solo 59 fueron ajusticiadas. En Italia, 36. En Portugal, 4.
¿Se animan a hacer la comparativa? 
En la Alemania protestante, 25,000 ejecuciones.
En Suiza, también protestante, 4,000 ejecuciones en una población de 1 millón.
En Polonia, Lituania, 10,000 sobre 3.4 millones de habitantes.
En Dinamarca, Noruega, 1350 sobre menos de 1 millón de de habitantes en su población.
La diferencia es escandalosa y los protestantes nos vienen a decir a nosotros que los católicos han sido genocidas; pero ellos, ¿qué hacen con su historia?: La esconden, se la comen, se la fuman, ¿cómo esconden tremendos números y encima nos vienen a denunciar a nosotros y se quejan por menos de 100 ejecuciones, adjudicándonos encima sus números a nosotros? ¿Qué clase de chiste es esto? ¿Quién ejecutaba masivamente por brujería?
No era la Iglesia sino los tribunales civiles protestantes.
Pero a eso nunca te lo contaron porque es políticamente correcto defender a Lutero y a su Reforma mientras se ataca a la Iglesia de Jesucristo.
Siempre fue así, siempre lo será.
Lo políticamente incorrecto es lo que estoy haciendo yo ahora. Esto que estamos haciendo acá es una blasfemia en un mundo de memes de Netflix, de History Channel, de leyendas negras que todos se creen porque muy pocos se atreven a leer de verdad para encontrar lo que verdaderamente sucedió.
El libro de casi 1000 páginas que se publicó revelando todas las estadísticas de la Inquisición deja en claro dos cosas fundamentales.
Primero, la tortura no era norma sino excepción estrictamente regulada.
Dos, la mayoría de las penas no eran físicas sino espirituales o disciplinarias; por ejemplo: peregrinaciones, rezos, confesiones públicas, ayunos, prohibición de enseñar.
La imagen de que la Inquisición era una fábrica de hogueras es simplemente falsa. Y más aún, la Iglesia tenía penas mucho más leves que los tribunales civiles de su tiempo. Inclusive, si el acusado se arrepentía de sus pecados y de sus crímenes, en muchísimos casos la Inquisición removía la culpa completamente y la persona quedaba libre y sin castigo alguno.
Por eso tantos criminales preferían ser juzgados por la Inquisición antes que por los tribunales civiles locales, porque ahí sí tendrían derechos mientras que con los otros era una muerte segura.
Los autores de esta obra también insisten en algo fundamental. No se puede juzgar el siglo XV con la mentalidad del siglo XXI. La tortura y la pena de muerte eran prácticas universales en esa época no inventos de catolicismo.
Y en muchos casos una acusación de herejía enardecía tanto a las masas que linchaban al acusado directamente sin esperar que la justicia se expidiera.
La Inquisición intervino en muchísimos de estos casos, deteniendo a las masas, evitando el derramamiento de sangre injusto, investigando el caso, recolectando evidencia y absolviendo al acusado de pena y culpa.
Pero a eso nadie te lo cuenta. No vende, no enoja a nadie, no genera el odio necesario contra la Iglesia así que no sirve ese relato, no sirve...
Y no, Juan Pablo II no manipuló datos, pidió a los historiadores, incluso historiadores no católicos, que lo investigaran todo y sin filtro.
Se les dio acceso completo a los archivos de Vaticano, sin censura, sin pauta oficial, sin nada. Puertas abiertas, documentos a plena disposición, incluso historiadores liberales que hubieran querido hundir a la Iglesia con sus propios archivos salieron con las manos vacías y tuvieron que admitir que era todo una leyenda negra, una gran mentira, un mito, un panfleto inventado por los protestantes para ocultar su propia culpa y utilizado por los estados para promover la separación el estado e Iglesia hasta el extremo absoluto.
Juan Pablo II agregó: "Aprecio vivamente este trabajo. La búsqueda histórica debe servir a la verdad"
En 2005, el entonces Papa Benedicto XVI fue entrevistado por History Channel. Su respuesta: "la Inquisición fue un gran progreso porque desde entonces nadie podía ser condenado sin una investigación" 
¿Por qué dice esto? ¡Porque antes no hacía falta evidencia para que te ejecuten! Es difícil entenderlo para nosotros hoy porque vivimos en este tiempo, pero en aquella época era así y de eso hay cientos de registros históricos.
¿Te das cuenta? El tribunal más demonizado de la historia en su tiempo era un avance judicial. Y aún así muchos católicos repiten con vergüenza lo que escucharon del mundo, sin saber que están repitiendo las mentiras fabricadas por el enemigo.
Inocente hasta que se demuestre lo contrario. ¿Te gusta ese principio legal? ¿Cierto? ¿No irías a un juicio sin saber que tenés esa garantía? ¡Gracias, Santa Inquisición!
La historia necesita justicia, no ajuste de cuentas.
La Inquisición no fue perfecta, pero ni cerca el infierno que el anticatolicismo ha vendido durante varios siglos.
Los estudios lo prueban, las cifras lo confirman y la Iglesia, lejos de esconderse, se animó a contarlo todo tres veces ya.
En 1997, con voz serena, pero cargada de dolor, Juan Pablo II dejó dejó caer una frase que pasaría casi inadvertida por el mundo, pero que encierra una de las denuncias más honestas de su pontificado. 
La Iglesia y el Papa son los que siempre piden perdón mientras otros permanecen callados. Tal vez esa sea la forma en que las cosas se tienen que dar, pero no deja de doler. Porque mientras la Iglesia se somete a al juicio de la historia y se flagela públicamente en busca de reconciliación, el silencio cómplice de otros poderes, sean estos políticos, ideológicos, religiosos, o culturales, reina con impunidad.
Así lo reconocía también la Comisión Teológica Internacional en Memoria y Reconciliación cuando decía: "En el plano ecuménico es aún más de desear que estos actos de arrepentimiento sean realizados en reciprocidad"
Juan Pablo II llegó a realizar más de 100 actos de reconocimiento de culpa dirigiéndose a pueblos indígenas, mujeres, ortodoxos, protestantes y hasta científicos. Pero nunca exigió reciprocidad, nunca la esperó. Sin embargo, los hechos están ahí.
Como recordaba el entonces cardenal Ratzinger, no se pueden cerrar los ojos ante todo el bien que la Iglesia ha hecho en estos últimos dos siglos, devastados por las crueldades de los ateísmos. 
Y no se refería a una figura retórica. Según el libro negro del comunismo, los regímenes comunistas asesinaron a más de 100 millones de cristianos solo en el siglo XX.
Pero hay más.
¿Quién pide perdón por el genocidio de La Vendeé en manos de la masonería jacobina?
O ¿quién responde por los 500,000 campesinos franceses asesinados por profesar la fe católica?
¿Y dónde está el mea culpa por los crímenes de las brigadas rojas en México o España? Por Hiroshima, por Nagasaki, por Dresden, por la ocupación en Medio Oriente.
El cardenal Bifi lo resumió con una sola pregunta punante: ¿A quién pedirá cuentas la humanidad por los innumerables guillotinados franceses en 1793, ajusticiados sin otra causa que la de pertenecer a un grupo social?
Por su parte, el historiador Franco Cardini reclamaba: "Sería gratificante escuchar expresiones de pesar por parte de la reina de Inglaterra o de las iglesias protestantes o de los líderes ortodoxos rusos o incluso del mundo musulmán o de China por el actual trato a la Iglesia Católica. Porque mientras la Iglesia se inclina con humildad para reconocer errores pasados, otros se sientan en sus sillones condenándola sin jamás mirar su propio prontuario. Y es el mismo Juan Pablo II quien advierte que ese desequilibrio puede ser peligroso. Lo que hay que evitar, decía él, es que estos actos sean interpretados como confirmaciones de posibles prejuicios respecto al cristianismo. Y lo dice más claramente: "La historia de las religiones está revestida de intolerancia, superstición, convivencia con poderes injustos y negación de la libertad de conciencia. Por eso su pedido de perdón no es una retractación de la historia católica sino un acto de valentía evangélica. No se niega el bien hecho, se lo distingue, no se borra la historia, se purifica la memoria"
Tal vez, como él dijo, así tengan que ser las cosas, pero eso no significa que no tengamos que decirlo. Y ya es hora de que otros también pidan perdón.
Mientras la Iglesia se somete al juicio de la historia sus enemigos manipulan la historia para juzgarla. El verdadero escándalo no está en el mea culpa del cristianismo sino en el silencio de quienes tienen mucho más que confesar y no lo han hecho. Muchos, incluso desde dentro, confunden a la Iglesia con sus hijos y a sus hijos con la Iglesia, pero claramente no son lo mismo.
El Concilio Vaticano II y más recientemente la Comisión Teológica Internacional lo dejó bien claro. La Iglesia es santa e inmaculada, aunque recibe en su seno a pecadores llamados a la penitencia permanente, como explica el cardenal Giacomo Biffi siguiendo la enseñanza de San Ambrosio.
Las heridas de los pecados no laceran a la esposa de Cristo sino a quienes los cometen. La Iglesia es santa por Cristo, no por sus hijos.
Qué importante es esto, porque si no entendemos esta distinción terminamos creyendo que la Iglesia como institución tiene que pedir perdón por cada pecado individual como si fueran suyos.
Pablo VI fue claro, la Iglesia sufre por los pecados de sus hijos y tiene el poder de curarlos; sin embargo, esta verdad tan elemental ha sido silenciada a veces por omisión, otras por cobardía, por muchos que deberían haberla defendido. Y en ese vacío han proliferado los errores, la ignorancia del sacerdote común, el conformismo del católico mistongo, que pide perdón por todo, hasta por lo que no le corresponde. Y peor aún, la traición del católico de mala voluntad. que conociendo la verdad la niega.
Teólogos como Hans Kung o Von Balthazar han permitido atribuir a la Iglesia crímenes más grandes que los inventados por sus propios enemigos. Y así se forma un magisterio paralelo, una contraiglesia infiltrada, denunciada por Pablo VI como el humo de Satanás que ha entrado al templo de Dios. Pero si no defendemos la verdad histórica y doctrinal de la Iglesia, ¿quién lo hará?
El rabino Judá Levin, sí, un rabino ortodoxo, lo entendió mejor que muchos católicos. La Iglesia no necesita ser destruida desde fuera: los católicos culturales e izquierdistas lo hacen desde dentro.
Es tiempo de que sacerdotes, obispos y fieles vuelvan a formarse, a instruir y a combatir la ignorancia, porque no hay mayor escándalo que dejar que un error reine en nombre de la verdad.
Que quede bien claro entonces, Juan Pablo II y Benedicto XVI nunca condenaron al Tribunal de la Inquisición. Por el contrario, se basaron en investigaciones serias para defender su carácter esencialmente justo.
Los pedidos de perdón nunca apuntaron a la doctrina ni a las instituciones de la Iglesia, sino únicamente a abusos particulares de algunos hijos desobedientes. No existe ningún documento magistral que condene a la Inquisición. Lo que existe son opiniones personales, ni infalibles ni vinculantes. Los teólogos progresistas y algunos medios católicos no representan a la Iglesia y sus opiniones no tienen ni autoridad ni peso doctrinal.
Y la conclusión del simposio internacional sobre la Inquisición fue clara: esta fue un tribunal justo donde más del 98% de los acusados no fueron ejecutados y donde se ofrecieron garantías procesales únicas para la época.
Esta es la verdad. Y como dijo Juan Pablo II, no se puede pedir perdón por lo que no es culpa, pero sí hay que pedir perdón por los pecados reales para poder caminar hacia la verdad.
Nosotros no queremos defender el pecado pero tampoco vamos a permitir que se condene
a la santidad.
La Iglesia es santa: Cristo no se casó con una prostituta, lo hizo con una reina.
Y nosotros no seremos los que la escupan en el rostro a fin de agradarle al mundo y ser políticamente correctos...

Pablo / @DruidBloggerOK


-desgrabación y organización textual de video editado en youtube por Guido Lizzi-







sábado, 6 de diciembre de 2025

COMER EL CORDERO. LA IMPORTANCIA DE LA MISA

La misa, eso que pasa todos los días en miles de capillas, parroquias, catedrales, tan común, tan cotidiano, tan accesible, la hemos visto tantas veces en iglesias, novelas, series de televisión, películas, que el misterio parece perderse en la cotidianidad.
A tal punto que hoy mucha gente, incluso unos cuantos entre las filas católicas en todo el mundo, conciben la misa como un mero recuerdo, un ritual más, una especie de comida simbólica.
Dependiendo de qué comunidad eclesial frecuentes y de qué denominación y en qué país la visites, algunos llaman a este glorioso sacramento banquete, y que en cierto modo lo es; otros lo llaman memorial, otros santa cena, otros Comunión.
Los católicos y ortodoxos, las propiamente llamadas Iglesias Apostólicas, le dan al acto central de la misa el nombre de Eucaristía, que es la palabra griega utilizada en el Nuevo Testamento para referirse al acto que es el centro de toda la liturgia y la vida eclesiástica. Pero más allá del nombre que le des hay algo que los primeros cristianos sabían, y que hoy pocos recuerdan. La misa es un sacrificio real, literal, es la actualización incruenta de lo que sucedió en la cruz hace dos mil años, tomando ahora lugar bajo las especies de pan y vino.
Es tomar parte del mismo sacrificio de la cruz, es participar del evento más trágico y más cruel registrado en la historia de la humanidad, pero a la vez el evento por el cual Dios se infiltró en nuestra historia y lo cambió todo. Y el evento al que me refiero claramente es la inmolación de Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Los apóstoles lo transmitieron así a la iglesia del primer siglo.
..."Los días del Señor reuníos para la partición del pan y la acción de gracias después de haber confesado vuestros pecados para que sea puro vuestro sacrificio"...
Esto es un fragmento de la Didajé. Ellos sabían muy bien que cuando se reunían para la partición del pan y la acción de gracias, literalmente Eucaristía, vocablo griego utilizado en el original para significar esta acción de gracias que aquí se menciona, no se acercaban a un simple ritual de memoria sino a la representación, continuación, actualización de ese uno y único sacrificio de Jesucristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Por eso lo llamaban sacrificio.
Prestá atención a esto. Para la Iglesia primitiva, la Iglesia se reunía el Día del Señor, el domingo, día en que Cristo venció la muerte, para ofrecer un sacrificio. Esto era parte de la fe antigua. Esto era parte del patrimonio doctrinal y espiritual de los primeros cristianos.
Tan importante era ese sacrificio dominical que se requería confesión primero, igual que la Iglesia lo sigue enseñando hoy.
Nadie debe participar del sacrificio eucarístico con conciencia de pecado mortal.
Para eso existe el sacramento de la reconciliación antes de cada misa. Ahora bien, aquellos que no han sido enseñados de esta manera y que nunca han aprendido a ver la realidad de la actualización del sacrificio de Jesucristo en cada misa -principalmente los protestantes- terminan reduciendo este rito sagrado a un simple símbolo memorial.
Eso es entendible ya que una de las premisas de la reforma protestante fue haber roto con el sacerdocio legítimo, afirmando como novedad el sacerdocio individual de cada creyente, cosa que la Iglesia católica ya enseñaba, enseñó desde siempre y sigue enseñando hasta el día de hoy.
Ellos decidieron que esa pata de la doctrina, el sacerdocio individual de cada creyente, forzosamente requería negar rotundamente la legitimidad del sacramento de la ordenación sacerdotal, transmitido de generación en generación, garantizando una meticulosa sucesión apostólica. Sacramento en el cual la autoridad apostólica es transferida a los nuevos ministros del altar, a los nuevos sacerdotes.
Y si no tenías sacerdotes, obviamente no tenías sacrificio, porque solo un sacerdote puede oficiar el sacrificio.
Esto viene ya desde el Antiguo Testamento. Y si no tenías sacrificio solo te queda un ritual de memoria, un símbolo vacío, una parodia hueca de lo que una vez fue algo real.
Para esta gente, el hecho de que el sacrificio de Cristo sea único e irrepetible, que lo es, les hace pensar que cualquier cosa que se haga hoy en una misa está completamente desconectada de ese acto único en la historia.
¿Cómo podría una Eucaristía en el siglo XXI estar conectada de alguna manera real al sacrificio de Jesucristo dos mil años atrás? Está bien. Sin embargo, cuando uno profundiza en la teología del Antiguo Testamento entiende lo siguiente. El sacrificio no se completa hasta que se come la carne de la víctima.
Para un judío del siglo I, esta frase no era poesía. Era teología básica. Era Torah.
Y cuando Cristo habla de comer su carne, de beber su sangre, no está inventando una metáfora nueva. Está llevando a la plenitud un lenguaje que Israel ya conocía desde el Éxodo.
Así que hoy te lanzo tres preguntas que abren todo este misterio.
Primero, ¿por qué los judíos tenían que comer el Cordero Pascual?
Segundo, ¿qué tiene que ver eso con el cuerpo y la sangre de Jesucristo?
Y tercero, ¿qué tiene que ver eso con nosotros hoy?
¿Por qué te pregunto esto? Porque si no entendemos estas cosas, no entendemos la misa. Punto.
Ya está. No la entendemos. Podemos conocer cada canto, cada gesto, cada oración, pero si no comprendemos por qué en el Antiguo Testamento Dios mandó comer la víctima del sacrificio, la Eucaristía queda reducida a un símbolo amable, sin fuerza, sin peso, sin el fuego que hizo temblar a la Iglesia primitiva y que sigue ardiendo en el corazón de cada misa hoy, en el siglo XXI.
Juan 6 habla muchísimo sobre la transubstanciación, con fundamentos bíblicos y patrísticos y continuidad histórica desde el primer siglo hasta hoy,
Cuando en Juan capítulo 6 Jesús dice mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida no está improvisando, está hablando como el cordero pascual definitivo.
Y cuando en la última cena declara "esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros, esta es mi sangre que será derramada por muchos para el perdón de los pecados", está uniendo sacrificio y banquete en un solo acto. Justo como lo hacía todo sacrificio de expiación en la Tora.
Los padres lo repiten una y otra vez, no basta con mirar al cordero nada más, hay que comerlo.
Esta fue la idea desde la primera Pascua en Egipto. Así que ese es el camino que seguiremos hoy, desde la Torá hasta Juan capítulo 6, desde Egipto hasta el Cenáculo.
Porque cuando entendemos por qué Dios pidió comer el sacrificio entendemos por qué la misa no es solo un recuerdo, sino el altar donde se parte, se reparte y se consume la carne y la sangre de la víctima emolada, el cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 
Ahora bien, antes de abrir Éxodo capítulo 12 hay que sentir el peso de la historia que lo sostiene. Israel no estaba viviendo un momento malo nada más, no. Estaba saliendo de cuatro siglos de opresión, 400 años de gritos ahogados en ladrillos y barro, generaciones que nacían esclavas, crecían esclavas y morían esclavas. El pueblo de la promesa, el mismo pueblo del que Dios le había dicho a Abraham "tu descendencia será tan numerosa como las estrellas" ahora parecía olvidado bajo el sol implacable de Egipto.
¿Dónde estaba esa promesa? ¿Dónde estaba ese Dios que juró bendecirlos?
Y en medio de esa oscuridad Dios levanta a un hombre, un hombre que, seamos honestos, no era un héroe.
Moisés no nació valiente, no nació líder, nació fugitivo, adoptado, dividido entre dos mundos.
Cuando Dios lo llamó desde la zarza ardiente Moisés tembló. "¿Quién soy yo para ir al faraón?" preguntó.
Era un hombre que había pasado décadas escondido en el desierto, cuidando ovejas, tratando de olvidar un pasado roto. Pero Dios no elige por fuerza, elige por fidelidad.
Y Moisés, a pesar de sus dudas, dijo sí.
Así comenzaron las señales, una tras otra, como golpes que sacudían a Egipto y despertaban a Israel. Agua convertida en sangre, ranas, pestes, llagas, tinieblas, granizo, langostas, nueve plagas, nueve advertencias, nueve golpes de la diestra de Dios, nueve veces en que el Señor mostró poder sobre los dioses egipcios, derribándolos uno por uno.
El Nilo, el sol, la tierra, los animales, la salud, nada podía sostenerse frente al Dios de Abraham, Isaac y Jacob.
Nueve plagas que destruyeron a Egipto, literalmente.
Pero la décima plaga no sería simplemente otro acto de poder, sería un juicio.
Una noche en la que todo primogénito en la tierra de Egipto, desde el hijo del faraón hasta el hijo del esclavo, moriría.
Una noche que partiría la historia.
Y mientras Egipto se preparaba, sin saberlo, para la oscuridad más profunda que la pluma de sus escribas tendría oportunidad de registrar jamás, Dios hablaba con su pueblo y les daba instrucciones que ningún rito humano hubiera imaginado.
No les dijo, "armen ejércitos". No les dijo, "tomen armas". No les dijo, "escóndanse".
Les dijo, "cada familia tome un cordero"
Un cordero sin defecto. Una víctima inocente que debía ser sacrificada. Su sangre debía marcar los dinteles y los postes de las casas.
Y su carne tenía que ser comida esa misma noche.
Éxodo 12, 1 a 14 lo relata con exactitud. 
"Y molen el cordero, tomen su sangre, unjan sus puertas con la sangre y coman la carne asada al fuego. No dejarás nada para la mañana. Lo que quede lo quemarás en el fuego"
No había margen para reinterpretar. No había espacio para la creatividad humana.
Dios estaba diseñando un sacrificio que debía vivirse de principio a fin. La sangre marcaría la casa de los escogidos.
La víctima se inmolaría en lugar del primogénito de la familia. Pero el comer la carne sellaría la comunión con Dios en medio de la noche del juicio. Y aquí está la clave que atraviesa toda la Biblia y prepara el corazón para entender la misa.
El sacrificio no terminaba con la muerte del cordero. La inmolación abría la puerta, sí. Pero el rito solo se completaba cuando la familia comía la carne.
El efecto salvífico, la protección, la pertenencia, la expiación, se aplicaba únicamente a quienes participaban del cordero. Si uno derramaba la sangre pero no comía la carne, el sacrificio quedaba incompleto. Imagínalo, adentro de cada casa hebrea, una mesa humilde, una familia reunida, niños con los ojos abiertos por el temor y la esperanza, padres sosteniendo la fe heredada de Abraham, creyendo que Dios cumple lo que promete.
Afuera, el viento de la noche, cargado de juicio. Adentro, el fuego, el cordero y la carne compartida. Y sobre la puerta, la sangre que habla más fuerte que cualquier espada.
San Jerónimo en su teología lo resumiría siglos después.
No basta que el cordero sea sacrificado, debe ser comido para que produzca vida. Los padres lo entendieron porque Israel lo vivió.
Un sacrificio no es algo que se mira, es algo que se entra. Y si esto era cierto para un cordero terrenal, ¿qué significa entonces cuando Cristo se presenta a sí mismo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo? Si el cordero pascual era el sacrificio que salvaba a Israel en la noche del juicio, el maná era el alimento que mantenía vivo al pueblo de Dios en medio del desierto.
Dos historias distintas, dos escenarios distintos, pero un solo Dios, un mismo Dios enseñando la misma verdad.
La salvación no se contempla desde lejos, se recibe por participación. Y así como cada familia tenía que comer el cordero para entrar en la alianza, todo Israel tenía que comer el pan que caía del cielo para seguir caminando hacia la tierra prometida.
El éxodo no terminó con la salida de Egipto. 
En todo caso, ahí recién empezó la prueba. Porque salir del faraón es fácil cuando Dios abre un mar en dos, pero vivir sin agua, sin trigo, sin seguridad, sin tierra propia, en el desierto, ahí es donde el corazón se revela.
Israel pasó del júbilo al miedo y del miedo a la queja.
"Nos sacaste para morir de hambre aquí" era el grito de un pueblo libre con mentalidad de esclavo. Habían visto la sangre del cordero salvarlos, habían visto las aguas del mar tragarse a un imperio, pero todavía no sabían confiar.
Y Dios, en vez de abandonarlos, responde con ternura divina.
Pan del cielo. No pan trabajado, no pan sembrado, no pan ganado. 
Pan regalado. Pan que ningún hombre podría atribuirse a sí mismo.
El maná caía cada mañana sobre la arena. Lo encontraban cuando salía el sol, lo recogían, lo comían y vivían un día más.
El maná no era un simple sustento físico, era un sacramento anticipado.
Dios alimentando a su pueblo con algo que no podía producir por sí mismo.
Israel podía caminar, sí, pero sin ese pan no llegaba. El maná sostenía los pies, la mente, la esperanza.
Y cada amanecer, antes de que el sol quemara la arena el pueblo salía de sus tiendas y veía el milagro callado, silencioso, extendido como un manto blanco, como si el cielo hubiera descendido a descansar sobre la tierra.
Pero había un detalle crucial. El maná debía comerse cada día.
No podías almacenarlo, ni controlarlo, ni manipularlo. 
Si lo guardabas para mañana se echaba a perder.
Dios estaba enseñando que su alimento no se conserva en depósitos humanos, se recibe en obediencia diaria.
Era una pedagogía divina: "Aprendan a vivir de mí. Aprendan a confiar en lo que yo doy"
Aliméntense diariamente del pan del cielo que yo les envío todos los días.
Ahora bien, el maná era un pan del cielo, sí. Pero no era el pan definitivo. Era una sombra que apuntaba a algo más grande. Una promesa envuelta en alimento. Una pedagogía que preparaba al pueblo para un día escuchar estas palabras que cambiarían la historia de la fe.
"Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre"
Ahí está la clave que nos prepara para unir las dos líneas.
El cordero que debía comerse para completar el sacrificio y el pan del cielo que debía comerse para seguir viviendo.
Dos historias que parecen distintas pero que desde el principio estaban corriendo en paralelo, esperando converger en una sola revelación, en una sola persona.
Porque el Dios que salvó con la sangre del cordero es el mismo Dios que alimentó con el pan del cielo. Y ambos eran solo umbrales. Lo que estaba por venir era el alimento que no solo sostiene la vida sino que la transforma. 
Ahora, todo lo que venimos viendo, el cordero sacrificado y comido por la noche del éxodo, el pan del cielo que sostenía al pueblo en el desierto, no eran dos historias aisladas. Eran dos líneas que Dios venía escribiendo desde siglos. Dos hilos tensados en la historia esperando encontrarse en una sola persona.
Y esta pedagogía alcanza su cumbre cuando Juan el Bautista, al ver a Jesús, grita con una claridad que sacude al mundo.
"He aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo" No dice he aquí el profeta de Dios.
No dice el maestro enviado por Dios. No dice el milagro de Dios. Dios dice "el cordero"
La palabra que Israel había escuchado en Egipto.
La palabra que recordaba noche tras noche en la Pascua.
La palabra que anunciaba sacrificio, sangre, liberación y comida.
San Pablo lo afirma sin rodeos: "Cristo, nuestra Pascua, ya ha sido inmolado. La cruz no es un accidente. Es la consumación de ese sacrificio"
Pero aquí está la clave perdida por muchos cristianos. En la Pascua el sacrificio no se completaba solo con la muerte del cordero. La inmolación era el acto inicial, pero para que el sacrificio produjera su efecto había que comerlo.
El cordero no se contemplaba desde afuera, se recibía desde adentro. Su sangre salvaba la casa, su carne alimentaba al pueblo.
Entonces, luego de que Cristo muere en la cruz como el verdadero cordero pascual, ¿cómo participa el creyente de ese sacrificio?
¿Cómo entra en contacto real con la vida que se entrega en esa inmolación?
Jesús no deja espacio para interpretaciones vagas.
En Juan capítulo 6 abre la puerta a la verdad que estaba escondida desde el éxodo y prefigurada en el maná.
Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.
Prestá atención a esto, protestante: no dice el que reflexiona sobre mi muerte.
No dice el que simboliza mi sacrificio. Dice "el que come mi carne y bebemi sangre"
En ese momento, la línea del cordero, la línea del pan del cielo, se unen con una fuerza que rompe toda lectura superficial. Cristo es el cordero que debe ser comido y Cristo es el pan que baja del cielo para dar vida eterna.
El maná alimentó a Israel en el desierto, pero todos los que lo comieron murieron.
Jesús mismo lo recuerda para que nadie se equivoque. Ese pan anunciaba algo más grande. El cordero de Egipto salvó una noche, pero no podía vencer a la muerte.
Todo eso era preparación, figura, sombra, era pedagogía divina.
En Cristo, la sombra se vuelve sustancia. El signo se vuelve realidad. 
La figura se vuelve persona.
En Cristo el sacrificio no es solo muerte, es entrega que se hace comida. 
Y ahí entendemos lo que tantos cristianos hoy han olvidado. La Eucaristía no es un símbolo del sacrificio, es la participación real y activa en ese sacrificio; es la comunión con el cordero inmolado y con el pan vivo bajado del cielo.
En el cenáculo Jesús no dejó un recuerdo, dejó su cuerpo entregado y su sangre derramada. 
Y nos mandó a hacer lo que Israel ya sabía desde la primera pascua, comer el sacrificio para entrar en la salvación.
Aquí todo converge, todo 
todo se cumple. Aquí nace la misa.
Muchos siglos antes de Cristo, cuando el templo todavía estaba en pie y los sacrificios seguían elevándose en Jerusalén, D
ios habló por medio del profeta Malaquías. Con una profecía que dejaba perplejos a todos los rabinos. "Desde el oriente hasta el occidente, grande es mi nombre entre las naciones. Y en todo lugar se ofrece a mi nombre un sacrificio puro"
Esto es Malaquías 1.11. Ahora, prestar atención, dice "en todo lugar" 
No en Jerusalén. No en un único templo. No en un único altar. Malaquías está anunciando un sacrificio universal ofrecido entre las naciones por un pueblo extendido de oriente a occidente, algo que Israel no podía realizar por sí mismo porque la Torah exigía un único santuario.
Sin templo no había sacrificio, sin 
altar no había ofrenda válida.
¿Cómo entonces podía levantarse un sacrificio puro en todo lugar de oriente a occidente entre todas las naciones? Los padres de la iglesia eran unánimes. Esta profecía no hablaba del pasado. 
Hablaba de la misa del sacrificio nuevo, perfecto, eterno y universal que sólo el Mesías podía inaugurar. Porque la misa no es un recuerdo humano, no es un homenaje espiritual, no es un símbolo sentimental. Es el sacrificio del calvario hecho presente sacramentalmente en cada altar del mundo.
La Iglesia no repite la muerte de Cristo. Eso sucedió una vez y para siempre.
Pero bajo los signos del pan y del vino la misma víctima que fue inmolada en el calvario se ofrece al Padre de manera incruenta; es 
el mismo sacrificio, la misma entrega, el mismo cordero.
Cambia la forma exterior, permanece la realidad interior. 
Por eso San Pablo puede decir cada vez que coméis este pan y bebéis este cáliz ¡Anunciáis la muerte del Señor! Porque en la misa la entrega de Cristo se hace presente para ser ofrecida y recibida. Y acá vuelve la enseñanza que unía a toda la historia de la salvación. En toda Pascua verdadera la víctima ofrecida debía comerse.
No bastaba con matarla. No bastaba derramar la sangre. Había que consumirla. Había que participar de esa manera del sacrificio.
En el altar, Cristo, el Cordero Pascual, el pan vivo bajado del cielo, se ofrece sacramentalmente, y luego esa misma víctima es repartida, entregada, dada como alimento.
Así se cumple la Pascua en su plenitud.
La sangre salvadora y la carne que da vida. Y cuando Jesús dijo en la última cena ¡Haced esto en memoria mía! No hablaba el lenguaje figurado, hablaba el lenguaje judío.
En la Biblia, el memorial, el sicarón, no era recordar nada más, era actualizar sacramentalmente el sacrificio.
Israel no recordaba solamente la Pascua. La renovaba. La vivía nuevamente. Vivía plenamente lo que Dios había hecho. Participaba otra vez de esa gracia, se reafirmaban en la alianza.
En el cenáculo, Jesús está diciendo ¡Ofrezcan este sacrificio! ¡Partan este cuerpo! ¡Derramen este cáliz! ¡Denlo de comer! ¡Háganlo de nuevo! ¡Participen siempre de mi entrega!
Esto es la misa. El sacrificio del Hijo hecho presente para ser ofrecido al Padre y recibido por sus hijos. El altar universal profetizado por Malaquías. 
La mesa donde convergen el Cordero del Éxodo y el Maná del Desierto.
La mesa donde se cumple Juan capítulo 6.
La mesa donde la vida de Dios pasa al hombre.
Y ahora viene la parte importante. Esto no es solo teología, es una invitación. Una invitación a vos, que quizá has creído en Cristo de alguna manera pero nunca participaste del sacrificio que Él instituyó. A vos que tal vez creciste escuchando que la Eucaristía es un símbolo, a vos que tenés hambre de algo más profundo y que sentís que falta algo en tu relación con Dios, algo intenso, algo real, algo que atraviese el alma.
Escuchalo. Porque hay una mesa puesta. Hay un altar encendido.
Hay un sacrificio vivo entregándose por vos.
Hay un pan del cielo bajando para alimentar tu vida.
Hay un Cordero que se da por completo y te espera en cada mesa.
La profecía de Malaquías se cumple cada día en cada Eucaristía, en cada rincón del mundo donde Cristo se ofrece y se entrega.
No mires de lejos ni te quedes en la puerta.
No te resignes a un cristianismo sin altar, sin mesa, sin sacrificio, sin Cordero.
El Dios que liberó con la sangre del Cordero, el Dios que alimentó con el pan del cielo, el Dios que murió y resucitó, te dice: Vení, comé, viví...


Pablo /  @DruidBloggerOK  

-desgrabación y organización textual de video editado en youtube por Guido Lizzi-













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